Una visión más amplia y una contextualización[1]
Hoy más que nunca la iglesia tiene que redescubrir su historia.
Una
iglesia sin historia es una iglesia sin identidad, sin claridad ni
criterios, y se cae fácilmente en el caos.
Esa es la condición de gran
parte del protestantismo latinoamericano hoy.
Es importante recordar que la Reforma del siglo XVI fue
multifacética. Además de la Reforma luterana y la Reforma calvinista,
fue muy importante la Reforma Radical anabautista, y hubo hasta una
reforma católica, representada especialmente por el Concilio de Trenta y
la orden jesuita.
La ubicación social de cada uno de estos movimientos
fue distinto:
- Lutero se identificó con los príncipes alemanes y el
incipiente nacionalismo;
- Calvino estaba más cerca de las ciudades suizas
y una proto-burguesía,
- mientras los anabautistas se identificaban más
con las clases pobres y el naciente proletariado.
Pero todos miraban
hacia el futuro, que vendría a llamarse “modernidad”, mientras que el
Vaticano miraba más al pasado y se aliaba con el Sacro Imperio Romano y
muchos aspectos del mundo medieval. Es significativa la repetición de la
palabra “naciente”. Los Reformdores era los parteros del mundo moderno
que nacía. Dos siglos después el movimiento wesleyano aportó nuevas
dimensiones muy importantes al protestantismo.
Vamos a conversar esta noche en torno a las consignas con que se
suele resumir como la teología de los Reformadores, pero es importante
recordar que su pensamiento era mucho más amplio y profundo que esas
consignas.
- En Lutero, por ejemplo, encontramos un cierto anticipo del
existencialismo, en el papel de la experiencia personal en su teología y
en su rechazo de toda sistematización; él era “un teólogo irregular”.
- En Calvino es profunda la admiración por la gloria y santidad de Dios,
tanto que se le ha llamado “un hombre ebrio de Dios”.
- En los
anabautistas se juntaban la pasión por la justicia con el
pacifismo.
Pero en esta charla, nos vamos a concentrar en las consignas
que mejor resumen los denominadores comunes de la Reforma.
I. Sola scriptura
Son famosas las palabras de Lutero en Worms (1521): “Mi conciencia es
cautiva de la Palabra de Dios.
Si no se me demuestra por las escrituras
y por razones claras
(no acepto la autoridad de papas y concilios,
pues
se contradicen),
no puedo ni quiero retractar nada,
porque ir contra la
conciencia
es tan peligroso como errado.
Que Dios me ayude,
Amén”.
En esta histórica declaración de Lutero, queda claro que la “sola
scriptura” no significa que conocemos sólo la Biblia o que todo lo demás
no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o
el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso
fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, “Quien conoce sólo la
Biblia, no conoce la Biblia”. Por eso, Lutero apela a las escrituras
pero también a “razones claras” y a la conciencia. Después una
correlación similar iba a ampliarse en “el cuadrilátero wesleyano”
(escritura, tradición, razón, experiencia).
La Reforma colocó la Palabra de Dios, en sus varias modalidades, como
la máxima autoridad normativa, encima de papas y concilios. Eso implicó
a su vez la interpretación seria y crítica de las escrituras, desde los
textos originales, transformando conceptos como jaris (gracia), pistis (fe) y metanoia
(arrepentimiento). Impulsó también la predicación expositiva, aclarando
y aplicando los textos sagrados, acompañada por la predicación del año
lectivo, firmemente anclada en la historia de la salvación.
Hoy día amplios sectores de las iglesias evangélicas latinoamericanas
han perdido el sentido histórico y predican un mensaje divorciado del
pasado, aun del mismo contexto bíblico. ¡Qué increíble que ni las
iglesias pentecostales celebran el día de Pentecostés![2]
Son escasas tanto la predicación expositiva como la del ciclo
litúrgico. Muchos sermones no son más que opinionismo, especulación,
“performance” y puro “show”, manipulación del texto y del público.[3] Hay también predicadores fieles, a Dios gracias, pero son la excepción.
II. Sola gratia
Karl Barth ha repetido muchas veces que las dos palabras más importantes para la teología son “gracia” (jaris) y “gratitud (eujaristia).
El Catecismo de Heidelberg comienza formulando las tres cosas más
importantes que el niño debe saber: “Cuán grande es mi pecado, cuán
grande es la gracia de Dios, y cuán grande debe ser mi gratitud a Dios”.
La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una
fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un
concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de
parte nuestra, y le dieron un lugar central en su teología y la gracia y
la fe personal. Pero esa misma gracia era exigente de frutos de
justicia (Efes 2:8-10). No era la gracia barata del “evangelio de
ofertas” que se predica hoy.[4]
En muchos círculos evangélicos hoy existe de facto una
doctrina de salvación por las obras. Entre los viejos fundamentalistas
uno era “salvo” cuando dejaba de fumar, tomar e ir al cine. En la
actualidad, algunas iglesias se especializan en maldiciones y anuncian
que si uno no diezma, sus finanzas, y hasta su vida, serán malditas pero
si ofrendan bien todo será bendición. Bien se ha observado que los
diezmos y los “pactos” son las indulgencias del siglo XXI
III. Sola fide
Casi todos saben que los Reformadores enseñaron la justificación por
la gracia mediante la fe, pero pocos se dan cuenta de que transformaron
el concepto de fe, devolviéndole su sentido bíblico. Recuerdo que cuando
estuve aprendiendo el español compré el “Manual de Religión” que los
colegios costarricenses empleaban como texto. Ese Manual definía la fe
como “tener por cierto lo que dice la santa madre iglesia”. Para los
Reformadores, la fe es entrega a Cristo y confianza en él (fides est fiducia,
otra consigna histórica). Para ellos, la fe sin obras es muerta. Según
Calvino, “todo conocimiento verdadero de Dios nace de obediencia”. Ahí
está la diferencia importante entre la fe y el fideísmo.
Hoy en día muchas iglesias “evangélicas” confunden la fe con la
ortodoxia y predican de hecho una salvación por ortodoxia. Para ellos,
la fe consiste en decir Amén a lo que dice el pastor, en vez de ser
discípulo radical de Jesucristo en todas las esferas de la vida
(eclesial, social, económica, política etc). Por eso, en esas
congregación discrepar de la opinión del pastor es el pecado de
murmuración, lo que trae maldición.
La iglesia hoy debe preguntarse si está formando verdaderos
discípulos o si está llenando los templos de gente que dice “Señor,
señor” pero que no hace la voluntad del Padre (Mat 7:21-23)
IV. La libertad cristiana
Son muy conocidas las tres consignas que ya hemos analizado, pero las
cuatro que quedan son olvidadas las más de las veces. Para comenzar, se
olvida que, frente a mucha tradición medieval, los Reformadores eran
pioneros de una nueva libertad.[5]
Hace unos años el recordado filósofo costarricense, Roberto Murillo,
publicó un artículo muy interesante sobre el aporte de Lutero a las
libertades modernas. Para José Martí, héroe cubano, “todo amante de la
libertad debe colgar un retrato de Martín Lutero en la pared de su
cuarto”.[6]
En el siglo XVI Europa vivía una crisis de autoridad después del fin
de la edad media, cuando mandaban a fin de cuentas el Papa y el Sacro
emperador romano. En esa coyuntura el programa teológico de la Reforma
era una agenda profundamente liberadora.[7] La justificación por la gracia mediante la fe significaba una liberación del legalismo.
La sola scriptura liberó a la iglesia del autoritarismo dogmático,
el sacerdocio univeral del clericalismo,
el semper reformanda nos libera del tradicionalismo estático
y el soli deo gloria del culto a la personalidad.
Hoy día algunas iglesias se están volviendo más autoritarias que
nunca. Aunque el viejo legalismo ha perdido fuerza, el principal
legalismo ahora es el diezmo. He sabido de iglesias que amenazan con
maldición a los que no diezman. En esa salvación por obras, la salvación
se gana o se pierde en la hora de la ofrenda. He sabido de otras
iglesias donde el pastor quiere controlar toda la vida de los fieles;
¡no se permite ni enamorarse sin el visto bueno del pastor!
Con el movimiento de “apóstoles” y “profetas” el autoritarismo llega a
niveles sin precedente. Aunque San Pablo nos manda examinar y juzgar
las profecías (1 Tes 5:19-21; 1 Cor 14:29-32), estos profetas pontifican
con una cara seria que dice, “que nadie se atreva a cuestionar mi
palabra profética”. Por su parte, más de un “apóstol” se permite emitir
alguna “declaración apostólica” con la falsa autoridad que presumen
tener.
Aquí va también un problema de sola scriptura, de fidelidad
bíblica. A menudo han dicho que una “palabra profética” tiene más
autoridad que una enseñanza bíblica. Apelan también a la falsa
distinción entre logos (palabra bíblica, general) y rhema (palabra profética específica, según ellos), con desprecio de la palabra inspirada como mero logos.
De esta manera establecen autoridades paralelas a las escrituras, de
forma parecida a los mormones. los Testigos de Jehová y otras sectas.
V Sacerdocio universal del los y las creyentes (1 P 2:9; Ap 1:6; 5:10)
Frente al rígido clericalismo de la iglesia católica de la época, la
Reforma impulsó un proceso de democratización dentro de la iglesia y de
la sociedad. Para Lutero, toda la vida es ministerio y todos los
creyentes son sacerdotes de Dios. “Una lechera puede ordeñar las vacas
para la gloria de Dios… Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las
mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o
doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna” (W.A. 6,370; R.
García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).
En su época, tanto la Reforma luterana como la Reforma calvinista se
quedaron cortos en superar el clericalismo; los anabautistas avanzaron
más, como también el movimiento wesleyano después. El siglo pasado, hubo
un fuerte movimiento de teología del laicado que puede verse como la
maduración de estos avances de la Reforma.
Sin embargo, hoy parece crecer un nuevo clericalismo, de los
“super-clérigos”, especialmente los “apóstoles”. En una mesa redonda
sobre los “apóstoles” en Quito, Ecuador, un participante declaró, “Antes
era suficiente el título de pastor, pero ahora que existen las
mega-iglesias, ese título no basta para sus fundadores y deben llamarse
con un título mayor”. La verdad es que ha surgido una nueva jerarquía
eclesiástica, con los “apóstoles” y los “profetas” en la cumbre de poder
y autoridad. En algunas iglesias el pastor es de hecho el C.E.O
(ejecutivo mayor de una corporación), inaccesible a los feligreses con
necesidades pastorales. Esas iglesias están organizadas según el modelo
ejecutivo de las grandes empresas.
VI. Ecclesia reformata semper reformanda
Esta consigna expresa una realidad: los Reformadores no pretendían
tener toda la verdad ni ser dueños de un sistema final de conceptos
absolutos. Lutero era un “teólogo irregular” que nunca intentó formular
un sistema. Calvino, por supuesto, articuló un sistema doctrinal, pero
vivía revisándolo hasta nueve ediciones, alternando entre el latín y el
francés. Algunos de los aportes más valiosos aparecen sólo en la novena
edición. Si Calvino no hubiera muerto, sin duda hubiera producido una
décima edición. Tillich define “el principio protestante”, muy
acertadamente, con la frase, “sólo Dios es absoluto”. Karl Barth
advierte contra la tentación de tener al “sistema” como la verdad
absoluta, lo cual identifica como idolatría.
Lamentablemente, en el siglo XVII, amenazados por el racionalismo
escéptico de la época, la teología luterana y la calvinista cayeron en
una rígida ortodoxia escolástica. Aunque hicieron algunos aportes, no
lograron “defender” su fe sino que la redujo a un dogmatismo estéril.
Curiosamente, luteranos y calvinistas se acusaban mutuamente de ser
herejes, cripto-católicos y otros insultos.
El movimiento wesleyano puede verse en parte como una reacción contra
esa “ortodoxia muerta” e hizo mucho para rescatar la salud del
protestantismo. Pero a inicios del siglo XX la ortodoxia dogmática se
resucitó en los Estados Unidos en la forma del fundamentalismo
norteamericano.
Hoy día, cuando la tolerancia se ve como el sumo bien, son menos los
reductos de ortodoxia cerrada, aunque los hay. Al contrario, en nuestro
tiempo casi nada es seguro y todo es posible. La nueva consigna parece
ser, “ecclesia reformata semper deformanda”. La intención de la “semper
reformata” era la de corregir errores y ser cada vez más fiel al Señor y
su Palabra. Desde el siglo pasado la iglesia vive de fiebre en fiebre,
cambiando de modas como los estilos de zapatos (“health and wealth”,
“name it, claim it”, evangelio de prosperidad, tumbadera de gente,
“apóstoles” y profetas, maldiciones generacionales etc etc ad
infinitum). Muchas veces la innovación hoy no es para corregir errores
sino de introducir nuevos errores. Muchas veces el fin no es mayor
fidelidad sino mayor éxito, mayor fama o mayor dinero.
VII Soli deo gloria
“A Dios, y sólo a Dios, sea toda la gloria” fue una consigna
fundamental de la Reforma. La iglesia de la época daba mucha gloria a
otros en lugar de sólo a Dios. La Reforma fue una redescubrimiento de
Dios, en perspectivas antes desconocidas. Los Reformadores tomaban muy
en serio a Dios como el centro de toda su vida. Antes de su gran
descubrimiento de la gracia, Lutero temía a Dios con horror y pánico,
pero después se deleitaba en el amor del Dios de la gracia. Calvino era
un hombre sobrecogido por la maravilla de la gloria de su Señor. La
Reforma fue un gran encuentro con Dios. Puso Dios en el centro de su
vida y su pensar, y le daba toda la gloria a él. Johann Sebastián Bach
escribía las siglas “S.D.G.” al inicio de todas sus partituras.
Hoy nuestra iglesia también tiene que redescubrir esta consigna de la
sola gloria de Dios. Nuestra sociedad está permeada por el culto a la
personalidad; hablamos de los “ídolos” de Hollywood y las “estrellas del
deporte”, etc. Las iglesias tienen también sus “estrellas” y a veces
“dioses” a quienes adoran: mega-pastores, profetas y sanadores, algunos
evangelistas promovidos con publicidad al estilo de Hollywood. En la
iglesia del Señor no caben el personalismo y el culto a la personalidad.
Cuando Dios curó al cojo por medio de Pedro y Juan, y la gente los
quería reconocer como milagreros, Pedro les contestó, “¿Por qué nos
miran a nostros, como si nosotros, por nuestro propio poder o virtud,
hubiéramos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, Isaac y
Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo
Jesús” en sanar a aquel enfermo. Originalmente un “don de sanidad” no
significaba algún poder que poseyera alguna persona, sino el acto de
Dios de dar salud a un enfermo. A veces se habla de los “sanadores” como
si fuesen dueños del poder milagroso; “en estas manos hay poder de
sanar”, dijo uno de ellos, mostrando sus manos ante las cámaras. Al
contrario, “¿Por qué nos miran a nosotros, como si nosotros hubiéramos
hecho algo”, dijeron Pedro y Juan, para dar la gloria al Señor.
Esta consigna significa también que podemos, y debemos, glorificar a
Dios en todo lo que hagamos. “Una lechera puede ordeñar las vacas para
la gloria de Dios”, dijo Lutero. En todo, nos exhorta San Pablo, “ya sea
que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la
gloria de Dios” (1 Cor 10:31).
Conclusión: Nuestro momento histórico se
parece dramáticamente al de los Reformadores en el siglo XVI: revolución
en las comunicaciones (la imprenta de Gutenberg; hoy teléfono, radio,
TV, computadora y hast iPod); revolución del espacio vital de la
humanidad (navegación mejorada; Cristobal Colón 1492; hoy autos,
aviones, viajes al espacio); revolucion armamentista (el fusil portátil,
arcabus y mosqueta; hoy, armas nucleares) y sobre todo, una crisis de
autoridad que produce gran confusión.
En esta coyuntura, ¿qué nos traerá el futuro? A como van las cosas,
podría salir un protestantismo cultural y poderoso, algo parecido a lo
que ha sido el catolicismo en el pasado. Pero gracias a Dios, sigue
existiendo un remanente fiel y grandes signos de esperanza. ¿Levantará
Dios a otro Lutero?
Quizá que no, pero quiera el Señor concedernos un
avivamiento de espiritualidad genuina
y un movimiento de profunda
renovación
que sacudirá a la iglesia de pies a cabeza
y preparará a la
iglesia para responder
a los grandes desafíos
del nuevo mundo que está
naciendo.
[1]
Charla en la iglesia metodista el Redentor, San José, Costa Rica, 31 de
octubre de 2011. El tema asignado fue “Qué necesita reformar la iglesia
hoy?”. En la presentacion oral enfaticé tanbién lo positivo de lo que
Dios está haciendo en la iglesia hoy.
[2] Ver “El Pentecostés tiene fecha” en juanstam.com, 6 de mayo 2008.
[3] Ver “Mecanismos de manipulación en las iglesias”. juanstam.com, `12 de agosto 2010
[4]
Aquí conviene recordar ese gran poema atribuido a Santa Teresa: “No me
mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometodo… No me
tienes que dar porque te quiera…”
[5] En 1520 Lutero publicó un importante tratado “Sobre la libertad del cristiano”.
[6]
Hay que reconocer a la vez que hubo serias contradicciones en la
conducta de Lutero, debido mayormente a su doctina de los dos reinos y
sus vínculos con los príncipes alemanes. Su trato a los campesinos y los
judíos era reprochable.
[7] Ver ” Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones” (31 de octubre de 2011).
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