“¿No hay verdades absolutas?” – El argumento que se derrumba solo
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“No hay verdades absolutas”.
Una frase repetida con convicción en cafés, universidades, y redes sociales. Suena moderna, tolerante, hasta sabia. Pero… ¿es verdad?
En realidad, esta afirmación se autodestruye. Porque decir “no hay verdades absolutas” es, en sí misma, una afirmación absoluta.
Es como declarar:
“Es absolutamente cierto que no hay nada absolutamente cierto.”
Eso es una contradicción lógica.
Si fuera cierta, sería falsa.
Y si es falsa, no tiene peso real.
Más que un argumento razonado, esta idea suele ser una defensa emocional, una manera de evitar rendirse ante una Verdad que nos trasciende.
No es solo filosofía; es el corazón diciendo:
“No quiero que nadie, ni siquiera Dios, me diga qué es verdad.”
Pero si no hay verdad absoluta, entonces tampoco hay:
– Justicia absoluta.
– Amor verdadero.
– Propósito último.
Todo se convierte en opinión.
Todo se diluye.
Por eso Jesús no vino a ofrecer una verdad más.
Dijo:
“Yo soy la Verdad.” (Juan 14:6)
No una idea, sino una Persona viva.
No una opción, sino el origen de todo lo que es verdadero, bello y eterno.
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