Una charla imaginaria… que no lo fue tanto…
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—No quiero saber nada con estructuras —dijo apenas se sentó—.
Ya pasé por eso. Me quemaron.
—¿Te quemaron las estructuras… o lo que se hizo con ellas? —pregunté.
—Da igual —respondió—. El resultado es el mismo.
Uno termina agotado, vacío… lejos de Dios.
—¿Y ahora?
—Ahora prefiero no comprometerme.
Así nadie me exige nada.
Así puedo respirar.
Asentí despacio.
—Entiendo el cansancio —dije—.
Pero decime algo: ¿respirás… o solo dejaste de ahogarte?
Me miró, molesto.
—No quiero volver a lo mismo —dijo—.
Reuniones, demandas, expectativas, roles…
Todo eso tapó a Jesús.
—Es cierto —respondí—.
Hay estructuras que no conducen a Él.
Lo reemplazan.
—Exacto —dijo—.
Por eso descarté todo.
—Todo… ¿incluido lo que podría llevarte de nuevo a encontrarte con Él?
No contestó enseguida.
—No quiero volver a sufrir —dijo finalmente—Comprometerme fue lo que me hizo mal.
—¿O fue comprometerte con cosas
que nunca debieron ocupar el lugar de Jesús?
Bajó la mirada.
—Tal vez —admitió—
Pero ya no confío.
Prefiero mantener distancia.
—Claro —dije—.
La distancia protege…
pero también conserva intacto lo que necesita ser transformado.
Se quedó en silencio.
—Decime —continué—,
¿te alejaste de las estructuras…
o de la posibilidad de volver a quedar cara a cara con Jesús?
—No sé si quiero ese encuentro —confesó—.
Si Jesús está ahí de verdad, algo va a cambiar.
Y estoy cansado de cambiar para otros.
—Eso es justo lo que diferencia un encuentro real
de uno que te ahoga —respondí—.
Jesús no te cambia para usarlo.
Te cambia para liberarte.
—¿Y cómo sé que esta vez no será lo mismo?
—No lo sabés —dije—.
La única diferencia es esta:
no todas las estructuras te piden que funcione algo.
Algunas solo te piden que te quedes.
—¿Quedarme dónde?
—Donde Jesús ya no puede ser reemplazado por tareas,
ni por discursos,
ni por expectativas ajenas.
Respiró hondo.
—Tengo miedo de volver a confiar.
—No es raro —dije—.
Pero no confundas huir del abuso
con huir del encuentro.
—¿Y si no vuelvo a comprometerme nunca más?
—Entonces quizá descanses del peso…
pero también te quedes sin la transformación
que solo ocurre cuando uno deja de escapar.
Se levantó despacio.
—Nunca lo había pensado así —dijo.
—Casi nadie huye de Jesús —respondí—.
La mayoría huye de las formas que lo ocultaron.
El problema es cuando, para no volver a ahogarse,
uno decide no volver a nadar.
Antes de irse, se dio vuelta.
—¿Vos seguís en estructuras?
Sonreí.
—Solo en aquellas que no me dejan olvidar quién es el centro.
Asintió.
Y por primera vez, no pareció tan apurado por irse.
Segunda escena
Nos volvimos a ver días después.
No parecía más descansado.
Parecía más atento.
—Estuve pensando —dijo—.
No en lo que dijiste… sino en lo que quedó resonando.
—Eso suele ser lo importante —respondí.
—Decís que no huimos de Jesús, sino de las formas que lo ocultaron.
Pero si esas formas lo taparon una vez, ¿por qué no lo harían de nuevo?
—Buena pregunta —dije—.
Respondamos con otra.
Suspiró, como resignado.
—Dale.
—Si una medicina mal usada te enfermó,
¿concluís que toda medicina es veneno?
—No —dijo—.
Concluyo que fue mal usada.
—Exacto.
Entonces el problema no es la medicina, sino confundir uso con abuso.
Se quedó callado.
—Las estructuras que te ahogaron —continué—¿existían para llevarte a Jesús o para mantener algo funcionando?
—Para que funcione —admitió—.
Para sostener el sistema.
—Ahí está el punto —dije—.
Cuando una estructura necesita sobrevivir,
Jesús deja de ser el centro
y pasa a ser el argumento.
—¿Entonces cómo distinguir una de otra?
—Por el efecto —respondí—.
No por la forma.
—¿Qué efecto?
—Una estructura centrada en Jesús
no te consume para usarte.
Te confronta para transformarte.
—Eso también duele.
—Sí —asentí—.
Pero hay una diferencia lógica.
Levantó la mirada.
—El dolor que te usa
te deja vacío.
El dolor que te transforma
te deja más verdadero.
—¿Y cómo lo sabés?
—Porque uno te exige producir,
el otro te exige permanecer.
Pensó unos segundos.
—Entonces… cuando huyo de todo compromiso
para no volver a ser usado,
¿también estoy huyendo
de aquello que podría cambiarme de verdad?
—Eso es lo que estamos examinando —dije—.
No como acusación,
sino como posibilidad.
—Pero yo quiero a Jesús —dijo—.
Solo no quiero volver a lo mismo.
—Comprensible —respondí—.
Pero decime algo:
¿cómo pensás encontrarte con una Persona viva
sin darle ningún lugar concreto en tu vida?
—No lo sé.
—Nadie se encuentra con alguien
solo por estar de acuerdo con su existencia.
Sonrió, apenas.
—Eso suena obvio cuando lo decís así.
—El logos suele serlo —dije—.
Lo difícil es aceptarlo.
—Entonces… ¿el compromiso no es el problema?
—No —respondí—.
El problema es comprometerse con cosas
que reemplazan a Jesús,
y luego jurar que nunca más habrá compromiso alguno.
—Eso es una generalización por cansancio —dijo.
—Exacto —sonreí—.
Y el cansancio no es un buen filósofo.
Se apoyó hacia atrás.
—Nunca lo había pensado de ese modo.
Creí que huir era libertad.
—A veces lo es —dije—.
Pero solo cuando huis del abuso,
no cuando huis del encuentro.
—¿Y si todavía no tengo fuerzas para quedarme?
—Entonces no prometas nada —respondí—.
Solo no cierres la puerta
a aquello que podría devolverte el centro.
—¿Y si ese centro vuelve a ser Jesús?
—Entonces —dije—
no serán malas las estructuras ni los compromisos
que te pongan frente a la Persona de Jesús.
De esos, no hace falta huir.
No dijo nada más.
Pero esta vez,
no por cansancio,
sino porque algo había empezado
a ordenar sus pensamientos.
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