Aquí el lector debe recordar que el tema del pasaje total es la santificación, que Pablo ya ha declarado que el pecado no ha de enseñorearse sobre el creyente porque no se halla bajo la Ley, sino bajo la gracia (Ro 6:14), y que ha deshacer ver más tarde que las justas demandas de la Ley se cumplen en quienes andan conforme al Espíritu y no según la carne; si no lo recuerda se hallará en el peligro de interpretar los versículos que consideramos en un sentido diametralmente opuesto al del argumento de Pablo.
En resumen, es necesario eliminar el legalismo como medio de combate contra la carne, pues las derrotas descritas en (Ro 7:15-23) subrayan el hecho de que el creyente ha de considerarse no sólo muerto al pecado, sino también a la Ley, si ha de salir victorioso de la lucha contra su naturaleza adámica.
2.Entendimiento y práctica (Ro 7:15-23)
Pensemos en el creyente que se ha entregado a Cristo, y cuya mente se ha iluminado por el Espíritu para entender la naturaleza espiritual de la Ley, pero que no ha entendido aún su posición como muerto y resucitado con Cristo, quedando sin comprender cuál es el auxilio del Espíritu según “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús”.
No se ha dado cuenta de su libertad con respecto a la Ley, y al mismo tiempo sabe que la Ley es espiritual hallando que él mismo (según su naturaleza adámica) es carnal y vendido al pecado.
Desea ardientemente la victoria que glorificará a Dios, pero le falta la comprensión de los medios provistos por Dios para lograrla.
No es éste un caso teórico, creado para proveer la clave del argumento, sino el de millones de cristianos.
Pensemos, por ejemplo, en Juan Wesley antes de recibir luz sobre el mensaje de Romanos.
La voluntad funciona, iluminada por la ley espiritual, de modo que el “yo” de la personalidad percibe el bien y aborrece el mal.
Sin embargo, al querer llevar a la práctica sus deseos, obra contrariamente a lo que desea.
La mente iluminada está conforme con la ley, admitiendo que es buena, pero, al momento de la decisión, lo bueno no se efectúa, y lo malo sí.
“De consiguiente” —razona la persona que desea y lucha—,
“no soy yo quien obra aquello, sino el pecado que habita en mí”
(Ro 7:17).
El yo aquí es la personalidad redimida que percibe una “ley” (norma) por la cual el pecado obra en él por medio de la naturaleza carnal, o sea, la caída, la adámica (Ro 7:20-21).
La voluntad es flaca, hallándose incapaz de realizar lo que propone, según la luz interior que ya posee. “El hombre interior” se deleita en la ley de Dios, comprendida ya en su sentido espiritual, pero sus anhelos chocan contra “otra ley que combate contra la ley de mi mente, y que me cautiva bajo la ley de pecado que está en mis miembros (todas las partes del ser)” (Ro 7:22-23).
Hemos de recordar que “nomos” significa no sólo “Ley”, sino también “norma” o “principio de operación”, según el contexto.
Aquí discernimos la “ley” de que todo cuanto surge de la Caída es malo por necesidad, no pudiendo ser controlado mediante una mente iluminada por la “ley” como revelación de la voluntad de Dios
3.Voluntad y fracaso (Ro 7:15-23)“El querer lo bueno está conmigo, pero no el efectuarlo”
(Ro 7:18-19).
Los hilos se entrelazan en esta porción, pero al propósito de un análisis inteligible hemos de ver la operación de la “ley del pecado y la muerte” por una parte, que rige en la naturaleza caída y frustra las buenas intenciones de la persona iluminada por la Ley de Dios; por otra parte, hemos de discernir el tema de la voluntad y las obras.
La buena intención desea lo bueno que le ha sido revelado, pero en el momento de decisión la voluntad se enflaquece, y, movido por la “ley” interna que determina que sólo el mal surge de la Caída, deja de hacer lo bueno que en teoría escogió y cae en el mal que quiso evitar.
Hay voluntades fuertes que llevan a los hombres a decisiones difíciles y aun a la terquedad, pero no se trata de eso aquí, pues la voluntad “fuerte” del hombre carnal no se somete a la de Dios, y, por lo tanto, “no obra el bien”, aun cuando la manifestación externa de sus determinaciones no sea desagradable a sus semejantes.
Se ha agradado a sí mismo, que es todo lo contrario del camino de Cristo, quien
“no se agradó a sí mismo”
(Ro 15:3).
La mente iluminada comprende bien lo que es “bueno” y “malo” por la luz de la Ley espiritual, pero la voluntad es incapaz de realizarlo.
El argumento de Pablo es una especie de “reductio ad absurdam”, puesto que nos muestra que lo mejor del hombre —la ley espiritual obrando sobre una mente iluminada y una voluntad presta— todavía fracasa rotundamente.
Quedamos, pues, en espera, sabiendo que la victoria prometida anteriormente ha de ser ganada por otros medios y otros principios.
Es preciso cerrar el paréntesis de “lo mejor del hombre”, bajo la operación de la Ley, con el fin de volver a abrir el tema de nuestra identificación con Cristo en su Muerte y su Resurrección, con énfasis esta vez sobre las operaciones vivificadoras del Espíritu de Cristo, quien es también el Espíritu de la Resurrección.
4. Desesperación y esperanza (Ro 7:24-25)
El grito de angustia:
“¡Desgraciado de mí!”
o
“¡Miserable hombre que soy!”
la dramática expresión a la desesperación del hombre iluminado que fracasa en su deseo de servir a Dios en santidad.
“¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”,
exclama, y algunos han pensado en la horrible práctica de Mezentius, rey de Etrusca, quien, según testimonio de Virgilio, ataba los cadáveres de cautivos muertos a otros vivos y éstos tenían que arrastrar consigo tan horrenda carga.
Que valga la referencia como ilustración, pero el lector comprenderá por lo que antecede que el Apóstol emplea la frase “cuerpo de esta muerte” en sentido análogo al “cuerpo de pecado” en (Ro 6:6), señalando, no la corrupción de la sustancia corporal, sino la del “viejo hombre”, la expresión personal de la “carne” heredada de Adán.
El hombre de la mente iluminada mira a su viejo “yo” con aborrecimiento, anhelando libertad y victoria.
¿Cuál alma sensible no habrá empleado alguna expresión análoga al luchar contra la carne por sus propias fuerzas, desesperado ante el continuo fracaso, y comprendiendo lo vil de las tendencias naturales del hombre caído?
Pero antes de hacer una referencia final a la “ley” natural por la cual la carne frustra el deseo de servir a Dios (Ro 7:25), Pablo anticipa la victoria que ha de describir a continuación por medio de otra exclamación:
“¡Gracias a Dios (seré libertado),
por Jesucristo Señor nuestro!”
(Ro 7:25).
El Vencedor del Gólgota no ha de dejar a sus discípulos hundidos en la desesperación del fracaso.
La sola mención de su Nombre y títulos abre nuevos horizontes y asoma ya la victoria como algo seguro.
La consumación del argumento (Ro 8:1-4)
1.El texto de (Ro 8:1)
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús,
los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.
Notemos que “condenación” ha de entenderse en un sentido que esté de acuerdo con el contexto, pues si Pablo no dice más que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”, reitera la doctrina de la justificación, que ya trató en los capítulos 3 y 4, mientras que aquí desarrolla el tema de la vida victoriosa del creyente por la operación del Espíritu Santo.
El diccionario Arndt-Gingrich admite el sentido de “castigo después de la condenación” para el vocablo “katakrima”, y podríamos traducir, un tanto libremente, pero sacando el verdadero sentido:
“Los que están en Cristo Jesús no están condenados a cadena perpetua”
(véase F. F.Bruce, op. cit. pág. 159).
2.La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús (Ro 8:2)
Ahora dejamos atrás al “
yo mismo” sujeto a la ley de pecado y de la muerte para pensar en el creyente libertado de la flaqueza de la carne por la obra del Espíritu Santo, tema principal de (Ro 8:1-27).
No es que cese la lucha, pues el antagonismo de carne y Espíritu es perpetuo hasta que dejemos el cuerpo, pero el creyente aprende que la vida de paz, bendición y de victoria no depende de sus esfuerzos por alcanzar el bien, y pasa al plano más elevado de la vida espiritual.
“Ley” en (Ro 8:2) vuelve a ser “norma”, señalando el principio dominante de la vida del creyente que es el del Espíritu de vida en Cristo Jesús.
La última frase reitera que la base de todo es nuestra posición “en Cristo”, mientras que la primera nos hace ver que el Espíritu es Espíritu de libertad, ya que es Dios mismo quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer (Fil 2:13); por tanto, la superabundancia del poder divino trae libertad a quien la aprovecha por medio de la sumisión y la fe (2 Co 3:17).
Hemos visto la “ley del pecado y de la muerte” en operación en (Ro 7:14-25), pero este versículo señala claramente la liberación.
Hay textos que llevan “me liberta” y otros “te liberta”, pero en ambos casos se trata del creyente que desea cumplir la voluntad de Dios.
3.El remedio de Dios frente a la debilidad de la carne (Ro 8:3)
He aquí un versículo de gran importancia doctrinal, pues las consideraciones subjetivas relativas a la lucha interna del alma del creyente —que hemos venido estudiando— se enlazan con la gran Obra objetiva de la Cruz.
La debilidad de la Ley —que es incapaz de efectuar la obra de salvación y de santificación—no se halla en su propia naturaleza, sino en la de la carne, o sea, en la naturaleza del hombre caído.
La Ley manda bien, pero la carne es incapaz de obedecer, y aun se alza en rebeldía para llevar a cabo todo lo contrario de lo mandado.
La Ley es como un buen general que sabe exactamente cómo ha de disponer sus tropas frente al enemigo para poder ganar la victoria; pero resulta que sus hombres son bisoños, que no tienen de soldados más que el uniforme.
Cuando les manda atacar, se retiran, y cuando conviene la retirada, avanzan y son destrozados.
El general es débil, no en sí mismo ni en cuanto a su ciencia militar, sino a causa de la naturaleza de los elementos que, teóricamente, ha de mandar.
Así, la Ley era débil a causa de la carne.
Ahora bien, Dios intervino en gracia enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado.
Notemos la exacta expresión del apóstol.
El Hijo fue hecho carne (humanidad), según (Jn 1:14), porque su humanidad era real.
Al mismo tiempo era sin pecado, de modo que fue enviado “en semejanza de carne de pecado” al efecto de poder representar a la raza, siendo él mismo sin tacha ni mancha de pecado, que habría hecho imposible la obra de expiación vicaria.
En la Cruz, Dios “condenó al pecado en la carne”, y de nuevo hemos de examinar la voz “carne” con mucho cuidado, porque aquí vuelve a ser humanidad y no la naturaleza caída del hombre.
Es decir, el cuerpo de Cristo fue el medio por el cual se efectuó la redención, y el cuerpo hacía visible la humanidad de Cristo, quien, siendo el creador del hombre, pudo recabarla para sí, presentándose luego como el Hijo del Hombre.
Sólo Él pudo colocarse en el lugar de todos, de tal forma que la sentencia que llevó fuese la condenación del pecado de todos.
La santificación no puede desligarse de la Cruz, que vimos también como el fundamento de la justificación.
Con razón la santificación se ha llamado “la lógica de la Cruz”, pues aquel que es justificado por su unión vital con el que murió y resucitó debe andar en novedad de vida como resultado lógico del gran hecho realizado en el cual tiene su parte.
Este es precisamente el argumento de Pablo desde (Ro 6:1) en adelante.
No se trata ya de lo que la carne puede realizar,
sino de la operación del Espíritu Santo
por medio del espíritu redimido del creyente.
4.La justa demanda de la Ley cumplidaEl legalismo —presentado de la forma que sea—
nunca trae como resultado el cumplimiento de la justa demanda de la Ley, por la sencilla razón de que
la obediencia nunca es perfecta, de modo que la Ley queda quebrantada y menospreciada en las vidas de quienes, con mayores
esfuerzos, procuran honrarla.
Dios escogió otros medios para honrar la Ley.
Acabamos de ver que el pecado fue condenado en la Cruz.
Sabemos que la Ley fue cumplida tanto en su aspecto externo como en su sentido esencial e interno por la vida de Cristo.
Ahora llegamos a otro cumplimiento: el fruto que el Espíritu produce en la vida del creyente espiritual —aquel que presenta su cuerpo en sacrificio vivo a Dios—, que se manifiesta por el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y la templanza.
Contra tales cosas no hay ley, porque el mandamiento se cumple por el impulso interno del Espíritu (Ga 5:22-23).
La justa demanda de la Ley no se cumple en la vida del creyente carnal, que anda por el camino de su propia elección, sino en la del hombre sumiso que deja obrar en sí mismo la potencia del Espíritu. Quizá en la práctica no hay ningún creyente enteramente espiritual ni ninguno totalmente carnal, pues en el último caso no se verían los frutos que justificaran la conversión.
El apóstol, sin embargo, señala la norma ideal, y cuanto más cerca andamos de ella, más se glorificará Dios en nosotros por nuestra obediencia a su voluntad.
En cambio, cuanto más resiste el creyente la operación del Espíritu de Cristo, menos “fruto” habrá y en mayor medida deshonrará el santo Nombre que toma en sus labios. Prácticamente el creyente espiritual no es un ser imposiblemente perfecto, sino uno que se goza en el Señor, en su Palabra, en su servicio, con humildad de corazón; mientras que el carnal es el que quizá sea capaz de alguna cosa buena a veces, pero que normalmente se halla envuelto en los asuntos del mundo que interpreta según los intereses egoístas del yo.
En los versículos siguientes el apóstol ha de señalar las diferencias entre “carne” y “Espíritu”, entre el camino carnal y el espiritual, adelantando principios de primera importancia para la vida del creyente.
Nuestra sección termina aquí, pues el argumento sobre la debilidad de la Ley ha terminado y hemos vislumbrado los principios que conducen al creyente humilde a la victoria.
El camino de la carne y el del Espíritu (Ro 8:5-17)
El hecho fundamental y sus consecuencias
El enlace que existe en el hecho fundamental de la condenación del pecado en la carne por el sacrificio de Cristo y el modo de vivir de los creyentes se señala admirablemente por F. F. Bruce en las siguientes palabras:
“La santidad cristiana no consiste en una conformidad laboriosa con los preceptos específicos de un código externo, sino que surge de la operación del Espíritu Santo, quien produce su fruto en la vida (nueva), dando a conocer las manifestaciones de la gracia que se veían en su perfección en la vida de Cristo. La Ley ordenaba una vida de santidad, pero carecía de poder para hacerla efectiva a causa de la pobreza del material humano que debía haber amoldado. Pero lo que no pudo efectuar la Ley ha sido llevado a cabo por Dios. Dios envió a su propio Hijo a la tierra “en semejanza de carne de pecado”, y éste entregó su vida como ofrenda por el pecado a favor de su pueblo. Por lo tanto se ha pronunciado sentencia de muerte sobre el pecado que mora dentro de nosotros. No logró entrada en la vida de Jesús y fue vencido completamente por medio de su muerte, de modo que los frutos de esta victoria se aseguran para todo aquel que se halla “en él”. Todo lo que exigía la Ley al querer someter la voluntad humana a la de Dios se realiza ahora en las vidas que admiten el control del Espíritu Santo, quienes se hallan libres de la servidumbre del orden caducado. Los mandamientos de Dios se cumplen por la potencia de quien los dio.” (Op. cit. pág. 162.)
Es importante recordar que el Espíritu de Dios que habita en nosotros no procura mejorar la carne: intento inútil a todas luces, ya que “no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede” (Ro 8:7).
La carne —la naturaleza del hombre caído en Adán— se considera como “crucificada”, juntamente con sus pasiones y sus deseos (Ga 5:24), y el fruto de santificación brota del espíritu redimido del creyente reforzado por el Espíritu Santo.
No se trata del antagonismo entre el vil cuerpo del hombre y su espíritu divino, según las suposiciones de los platónicos, sino de la enemistad irreconciliable que necesariamente existe entre todo lo que procede de la caída del hombre y todo lo que Dios obra en gracia sobre el fundamento sólido de la obra de la Cruz y por medio de las operaciones de su Espíritu Santo.
Tanto predomina el concepto de la obra del Espíritu Santo en el pasaje que hemos de escudriñar que “espíritu” (“pneuma”) debe escribirse siempre con mayúscula, por corresponder al Residente divino, a no ser que tal sentido sea excluido por el contexto.
Como en el pasaje análogo de (Ga 5:16-25), Pablo señala la existencia de una vida espiritual en los creyentes fundada sobre la obra redentora de Cristo, para llamar luego a los cristianos a un andar espiritual que evidencie en la práctica que se hallan en Cristo y en la esfera de las operaciones del Espíritu Santo.
Si nos hallamos en Cristo y si el Espíritu Santo se hallan en nosotros
—condiciones imprescindibles de la vida cristiana—,
entonces conviene ordenar la vida según sus postulados fundamentales.
Las esferas de la carne y del Espíritu (Ro 8:5-9)
1. El contraste fundamental (Ro 8:5)Para comprender bien el desarrollo del pensamiento del apóstol debemos recordar primeramente que describe dos distintas maneras de ser, pasando luego a notar los resultados que surgen lógicamente de estos dos distintos estados de vida.
El versículo 5 contrasta los que son “según la carne”, con los que son “según el Espíritu”,
- viéndose que el resultado natural del primer estado es el de fijar el pensamiento y los deseos en lo que surge de la vieja naturaleza,
- mientras que el segundo estado debe producir pensamientos y deseos espirituales.
Pasando por el momento a los versículos 8 y 9 leemos de personas que “están en la carne”, y éstos se contrastan con los creyentes que no se encuentran en tal esfera, sino en la del Espíritu.
Si una persona es realmente de Cristo, el Espíritu Santo mora en él (Ro 8:9), y esta realidad interna produce un cambio de posición externa:
“Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu,
si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros.
Mas si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él”
(Ro 8:8-9).
“Si eres del Señor” —dice el apóstol en efecto—, “el Espíritu de Cristo mora en vosotros por necesidad. Pero este hecho os ha trasladado a la esfera del Espíritu, que es todo lo contrario de la esfera de la carne”.
2.La carne bajo la condenación de Dios (Ro 8:6-8)El hombre fue creado para andar en la luz de la presencia de Dios cumpliendo en todo su voluntad.
La obediencia no sólo glorificaba a Dios, sino que fue medio del sumo bien del hombre.
La esencia de la Caída es la desobediencia, la triste elección que puso el “yo” del hombre en el centro de su ser donde debía hallarse entronizada la voluntad de Dios por el hecho mismo de la creación.
Todo el complejo de ideas, deseos, afanes y decisiones que surgen del trágico hecho de la Caída constituye la esfera de la carne, y si pensamos en su origen comprenderemos en seguida que toda tendencia carnal es necesariamente “enemistad contra Dios”, de lo que se sigue que ninguna obra carnal puede agradarle, porque halla sus raíces en el hecho fundamental de la rebelión. Hemos de aprender de estos versículos la incompatibilidad total que existe entre todo lo que es “carne” y todo lo que surge del Espíritu, o sea, lo que es de Dios y lo que es de Satanás.
Por eso la religión del orden de Caín, fruto de un impulso personal —es decir, carnal— no puede agradar a Dios, a pesar de las “buenas intenciones”.
Entre las dos esferas existe “una gran sima”, tan intransitable como la que separa el paraíso del infierno (Lc 16:26).
A la luz de la lista de las obras de la carne en (Ga 5:19-21), sabemos que son carnales no sólo los horrendos crímenes y vicios que se condenan tanto por los códigos como por la opinión generalizada de la sociedad, sino todas las envidias, celos, rivalidades y arrebatos que se admiten como manifestación natural e inevitable del “amor propio” del hombre al procurar mantener su dignidad humana.
Sólo la meditación de almas sumisas en la Palabra puede iluminar la conciencia a fin de poder discernir los movimientos de la carne, admitiendo en la presencia de Dios que constituyen una abominación incompatible con su santidad.
3.La mente de la carne (Ro 8:5-8)
En el versículo 5, el verbo “phroneo” se traduce por “pensar en” (Vers. R. V. 1960) o por “poner la mira en” (Vers. H. A.).
El sentido del verbo abarca más que el ejercicio meramente intelectual, incluyendo también los deseos y las intenciones.
Estos, en el caso de los carnales, van tras las cosas carnales, mientras que, en los espirituales, buscan lo que es de Dios.
En el versículo 6 se emplea el sustantivo correspondiente “phronema”:
“La mente carnal es muerte”,
“la (mente) espiritual es vida y paz”.
La frase “mente carnal” se repite en el versículo 7, donde se hace constar que es “enemistad contra Dios”.
El sentido viene a ser “la manera de pensar” o “la intención” de la vieja naturaleza, y en contraste con este impulso hallamos el que se produce por el Espíritu Santo en la mente y el corazón del redimido.
La enemistad y rebelión de la carne (Ro 8:7-8).
En vista de lo que hemos notado sobre el origen de la carne, no necesita más explicación la frase “la mente carnal es enemistad contra Dios”, ya que nació del primer acto de desobediencia humana, y mantiene este carácter siempre.
La frase “porque no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede”, relaciona esta discusión acerca de la carne y su naturaleza con la anterior sobre la flaqueza de la Ley cuando se trata de corregir la carne. ¡Por algo “gemía” el “hombre desgraciado” del capítulo 7, puesto que procuraba someter a la acción de la Ley una bestia indomable que no sólo no se sujeta a ella, sino que es incapaz de hacerlo por su misma naturaleza!
Las tendencias opuestas y sus resultados (Ro 8:6).
Todo cuanto separa de Dios tiende a la muerte. A veces Pablo contempla el fin del camino y escribe: “La paga del pecado es muerte” (Ro 6:23), pero a veces nota los procesos que tienden al mismo fin.
Un hombre carnal, que vive en olvido de Dios, puede dar la impresión de estar pletórico de salud y de vida (Sal 73:3-9), pero el ojo espiritual discierne que “la mente carnal es muerte”, por la sencilla razón de que razona y actúa sin tomar a Dios en cuenta, separada de la Fuente de la vida.
En cambio, la manera de pensar espiritual es vida y paz.
Se trata de la esencia escondida del asunto, pues el camino externo del hombre espiritual puede distar mucho de ser pacífico, pero deriva su vida de la resurrección de Cristo, y en el secreto de su alma camina “junto a aguas de reposo”.
Su manera de pensar se ajusta a la revelación de Dios que le ha dado, y “el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2:17).
4.Los dos caminos opuestos (Ro 8:4)
Con el fin de completar las comparaciones de esta sección hemos de volver atrás para considerar la última cláusula del versículo 4:
“La justa demanda de la Ley se cumple en nosotros,
que no andamos según la carne, sino según el Espíritu”.
No somos de la carne, porque nos hallamos en Cristo.
No estamos dentro de la esfera de la carne por la misma razón y porque el Espíritu de Cristo reside en cada creyente.
Ahora bien, se trata no sólo de ser del Espíritu y de estar en la esfera del Espíritu —una obra de pura gracia—, sino también de andar conforme a los principios de la nueva naturaleza; en otras palabras, de manifestar en la práctica lo que somos posicionalmente.
Es la verdad que Pablo expresa con variación de términos en (Ga 5:25):
“Si vivimos por el Espíritu,
por el Espíritu también andemos”.
Hemos de notar que Dios no promete en parte alguna que ha de mejorar la carne. Los regenerados son suyos en virtud de una nueva creación, en la que todo es de Dios (2 Co 5:17-18), de modo que la vida de victoria consiste en dejar lugar a las operaciones del Espíritu de Dios a través de la nueva naturaleza, haciendo morir los impulsos de la carne que no cambiará ni en su naturaleza ni en sus intenciones e impulsos.
La lucha de (Ro 7:15-25) es real y dura, pero “el más fuerte” prevalecerá siempre que el creyente le entregue las llaves de una voluntad rendida.
Nada hará sin el Espíritu Santo, pero puede estar lleno del Espíritu y manifestar su múltiple fruto en su vida (Ef 5:18) (Ga 5:22-23).
Podemos estar seguros de que “el hombre viejo” pugnaba por manifestarse, procurando agarrar el timón de la vida, aun en el caso del apóstol Pablo, pero él pudo exclamar:
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
La mayor tragedia de la Iglesia es la manifestación —a veces desenfrenada—de la “mente de la carne” en la vida de quienes toman sobre sus labios el nombre de Cristo, repitiendo piadosas frases que se contradicen por los hechos y actitudes de su vida.
No somos llamados a juzgar a otros, pero sí a examinar nuestros propios pensamientos y deseos a la luz de las Escrituras para distinguir bien entre los movimientos del “cuerpo de pecado” y los santos 'impulsos que proceden del Espíritu de Cristo.
El espíritu de resurrección (Ro 8:10-13)
1.El cuerpo del creyente (Ro 8:10)
Hemos subrayado varias veces que normalmente Pablo contrasta la carne con el Espíritu Santo, la vieja vida adámica con la nueva en Cristo, con referencia a la personalidad entera del creyente.
Pero surge necesariamente el problema de la naturaleza y de la actuación del cuerpo que ha sido instrumento y esclavo del pecado.
Es un hecho evidente que se halla bajo la sentencia de muerte que fue pronunciada contra todo lo pecaminoso, puesto que ha sido el instrumento que llevaba a cabo los movimientos de la carne, de modo que Pablo saca la triste consecuencia:
“el cuerpo está en verdad muerto a causa del pecado”.
Tanto es así, que si el Señor no viene antes morirá físicamente y verá corrupción.
Con todo, no es el cuerpo el que tiene la culpa de todo ello, ni es la materia que haya arrastrado al espíritu superior del hombre a su triste situación actual.
La culpa se halla en la voluntad del hombre, que es una función de su vida espiritual y no de la física.
El cuerpo fue arrastrado por la voluntad engañada al estado de muerte que nota el apóstol.
El espíritu renovado (Ro 8:10).
La palabra “sí” en nuestras versiones tiende a confundir un tanto al lector español.
En ciertos contextos puede señalar condiciones e incertidumbres, pero en otros —como aquí— más bien corresponde a “puesto que”.
El sentido del versículo 10 viene a ser, pues,
“Si, como es cierto en el caso de creyentes, Cristo está en vosotros,
el cuerpo está en verdad muerto a causa del pecado,
mas el espíritu vive a causa de la justificación
ya llevada a cabo en vuestro caso”.
Aquí, pues, se establece un claro contraste entre “cuerpo” y “espíritu”; pero si el espíritu vive ya, a pesar de estar el cuerpo en lugar de muerte, no es en virtud de una superioridad intrínseca, sino porque el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Dios, el Espíritu de la Resurrección —todos estos términos se hallan en el contexto— ha vivificado el espíritu redimido, haciendo del cuerpo su morada con el fin de colaborar con el espíritu (Ro 8:16).
Allá en el fondo se destaca la obra de justificación que solucionó el problema del pecado en su aspecto jurídico, de modo que, aun admitiendo los tristes estragos del pecado en el caso del cuerpo, resurgen esperanzas de vida, y de hecho el espíritu del redimido ha vuelto a vivir por la infusión del Espíritu de vida.
El cuerpo resucitado (Ro 8:11).
Por dos veces este importante versículo insiste en la residencia en el creyente del Espíritu de Dios.
La primera cláusula reafirma el hecho:
“Puesto que el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos
mora en vosotros...”.
Aquel que levantó a Jesús es el Dios que levanta a los muertos, según la demostración máxima de su potencia vivificadora en la resurrección de Cristo (véanse notas sobre Ro 4:17-25 con Ef 1:19-21), y el hecho de su residencia en el creyente redimido cambia radicalmente la situación, aun en cuanto al cuerpo.
Ya hemos notado que el espíritu ya vive, pero la segunda mención del hecho de la morada del Espíritu demuestra que esta obra no se limita al espíritu, sino que afecta poderosamente al cuerpo, pese a que se halle en lugar de muerte:
“El que levantó a Cristo Jesús de entre los muertos,
vivificará también vuestros cuerpos mortales,
por medio de su Espíritu que mora en vosotros”.
Esta promesa no sólo indica la consumación de la obra de Cristo en nosotros en el Día de la Resurrección, sino que demuestra que estos pobres cuerpos podrán ponerse al servicio de Dios ahora, a pesar de que fueron instrumentos del pecado.
El tema en este contexto no es escatológico, sino práctico, y viene a ser parte integrante del argumento que Pablo desarrolla sobre la santificación, y es preciso notar la actualidad de esta declaración como eslabón esencial del mismo. Existe una estrecha analogía entre la enseñanza aquí y la de (1 Co 6:12-20), pues en ambos pasajes hallamos lo siguiente: antes, estos miembros del cuerpo se prestaban a fines pecaminosos que tendían a la muerte; ahora, sin embargo, el Espíritu mora en el cuerpo con el fin de que cada miembro pueda ser santificado, vivificado y consagrado al servicio de su Dios y Redentor.
El énfasis sobre el Espíritu de Resurrección es hermoso y muy animador, pues nada menos que la potencia máxima que fluye de la resurrección de Cristo puede producir el feliz resultado de que los miembros de cuerpos —en sí mortales— sean activos en el servicio de Dios y dentro de la perspectiva de su plan maestro. Este concepto de una resurrección actual —tan real como nuestra muerte con Cristo— se halla también en (Fil 3:10-14).
Compárese también notas sobre (Ro 6:1-11).
La deuda permanente (Ro 8:12-13). Las declaraciones de los versículos 12 y 13 entrañan un claro sentido exhortatorio, y, de paso, confirman el sentido actual y espiritual del concepto de la resurrección del versículo 11.
El hecho de que Cristo hizo tanto para sacarnos del lodo del pecado, para justificarnos, dándonos su Espíritu, impone sobre el creyente una deuda de honor.
¿Tanto hemos de recibir para luego seguir llevando una vida carnal?
¿Tanto ha costado la redención de nuestro ser —que incluye el cuerpo— para luego dedicar sus miembros a actividades pecaminosas?
Si tal fuera el caso, quedaríamos en estado permanente de deudores que ni intentan enfrentarse con sus obligaciones.
Hay cambio de figura, pero sigue la misma lección, y quedan implícitas las mismas exhortaciones.
Es una sagrada obligación ajustar nuestra vida a las normas del Espíritu, dejando de vivir según la carne.
Una manifestación de vida espiritual es que estemos dispuestos a dar muerte a las prácticas del cuerpo (el verbo es “thanatoo”, “hacer morir”); en manera alguna quiere decir esto que hayamos de aplicar disciplinas físicas al cuerpo a la manera de ciertos ascetas de ayer y de hoy en el vano intento de ahuyentar la concupiscencia; el sentido viene a ser “colocar en situación de muerte” —como crucificadas con Cristo— las prácticas del cuerpo que hallan su origen en la carne.
Esto es lo que exige tanto el contexto, como la terminología paulina (compárese las notas sobre Ro 6:6,11).
“Si vivís conforme a la carne, moriréis”
(“mellete apothnéskei”).
El verbo “melló”, seguido por un infinitivo, quiere decir algo diferente de un futuro sencillo, dando la idea de algo inminente, o predestinado a suceder.
No hemos de interpretar las cláusulas por medio de ideas ajenas tanto al contexto como al pensamiento del apóstol, siendo preciso recordar que Pablo no trata aquí la cuestión de la posibilidad de que un creyente se pierda o no, sino que señala las características y tendencias de la carne, haciendo saber una vez más cuál es el estado del hombre adámico, notando que, por intervenir el pecado, la muerte está a mano.
El cristiano carnal bordea un precipicio siniestro y fatídico.
El mismo podrá ser salvo “como por fuego”, pero sus obras surgen del pecado, y lo que es pecaminoso muere.
Todo eso debiera serle ajeno, pues le corresponde andar según la lógica de su nueva posición en Cristo, permitiendo que obre poderosamente en él el Espíritu de Resurrección.
Estos versículos 12 y 13 vinculan el argumento anterior con el concepto de la adopción, que llega a ser la culminación —bajo la forma de una hermosa y escogida ilustración— del tema de santificación.
El espíritu de adopción (Ro 8:14-17)
1.Espíritu de servidumbre... de adopción (Ro 8:14-17)
La nueva metáfora.
Al Apóstol le importa poco cambiar de figura con tal de que sus lectores logren captar la enseñanza que quiere darles por el Espíritu de Dios, y ésta de la adopción (“huiothesia”, “colocar como hijo”) se destaca como una de las más bellas y aleccionadoras.
La adopción de criaturas ocupa cierto lugar estimable dentro de las costumbres de nuestra civilización occidental, pero es algo un tanto marginal, de importancia para un número reducido de padres que han querido hacerse cargo de una criatura nacida en circunstancias difíciles, llenando al mismo tiempo el hueco en su propio hogar. Muy diferente era la adopción en la sociedad grecorromana, de la cual escribe F. F. Bruce:
“Un hijo adoptivo se escogía con toda deliberación por su segundo padre con el fin de perpetuar su nombre y heredar sus propiedades; no se le consideraba en manera alguna inferior en categoría al hijo nacido de los cuerpos de los padres, y bien podía darse el caso de que disfrutara con mayor abundancia que el hijo natural del cariño del padre y que reprodujera más dignamente su carácter.” (op. cit. pág. 166).
Esta información sobre las costumbres de la sociedad que conocía el apóstol echa mucha luz sobre el tema de adopción en la esfera espiritual tanto en (Ro 8:14-17) aquí como en el pasaje análogo de (Ga 4:1-7).
Al mismo tiempo tenemos que recordar el estado contrastado y muy inferior de los esclavos, quienes también pertenecían a la “casa” del paterfamilias, pero sin derechos ni dignidad, obligados a servir al dueño por las costumbres y leyes de la patria, basadas en último término sobre la conquista y la fuerza brutal.
Tengamos delante, pues, la constitución de la casa de un romano pudiente: a la cabeza se hallaba el paterfamilias, a quien las leyes concedían autoridad suprema; asociada con él se hallaba la esposa y matrona, importante en su esfera, pero que no puede añadir nada a esta figura, ya que el Padre, en la esfera espiritual, es Dios mismo; nacidos de éstos son los hijos naturales (“tekna”); añadidos a la familia como hijos con plenos derechos y responsabilidades se hallan los hijos adoptivos; además hemos de pensar en los numerosos esclavos que sirven normalmente por temor y en “espíritu de servidumbre”.
Los hijos de Dios y la guía del Espíritu (Ro 8:14).
No nos olvidemos ni del tema anterior de la necesidad de andar conforme al Espíritu ni del argumento que Pablo ha de desarrollar sobre la gloria que espera a los coherederos con Cristo.
La verdad en cuanto a la realización del propósito de Dios en orden a los suyos es una e indivisible, pese a que las limitaciones de nuestra mente exigen que sigamos uno por uno los distintos hilos que se entrelazan para formar los dibujos del tapiz divino que explayan tanto lo temporal como lo eterno. Si creyentes reconocen su “deuda” de vivir conforme al Espíritu y no según la carne, serán “guiados por el espíritu de Dios”: expresión que equivale a ordenar sus pasos por la potencia del Espíritu y a la luz de la Palabra (véanse notas sobre Ro 6:11).
Pero los tales no sólo son hijos (“huioui”, aquí) sino que deben portarse como tales.
Recordemos la manera en que el Maestro señaló a sus discípulos, diciendo:
“He aquí mi madre y mis hermanos;
cualquiera que hiciere la voluntad de Dios,
éste es mi hermano y hermana y madre”
(Mr 3:34-35).
Algunos han querido hacer una distinción entre dos categorías de hijos de Dios: los carnales, que no pasan de ser “tekna”, personas nacidas en la familia; y otras que se dejan guiar por el Espíritu, constituyendo por eso los hijos adultos, los “huioi” (“hijos maduros”), según la figura de hijos adoptivos que se presenta en los versículos 15 y 16.
Sin duda, existen ciertas asociaciones con “tekna” (nacidos) y con “huioi” (hijos maduros) según la etimología de los términos, pero es igualmente cierto que generalmente se emplean por Juan y Pablo en sentido análogo, de modo que deducciones basadas sobre sus orígenes no dejan de ser dudosas.
Es mejor pensar en la plenitud de la obra de Cristo y en los infinitos recursos del Espíritu Santo, que sólo permiten que los hijos caídos de Adán lleguen a ser llamados “hijos de Dios”.
La potencialidad de este estado de “hijos” es igual para toda alma regenerada, pero llega a la plenitud en cuanto a su manifestación en quienes se dejan guiar por el Espíritu, que es la norma ideal señalada por la Palabra de Dios para todo aquel que toma en sus labios el nombre de Cristo.
Espíritu de servidumbre y espíritu de adopción (Ro 8:15-16).
La frase “espíritu de servidumbre” indica la mentalidad de un esclavo, y esta vez hemos de escribir “espíritu” con inicial minúscula.
Pablo no se ha olvidado de sus extensas discusiones que explayó en el capítulo 7, y, sin volver a entrar en detalles, insinúa de paso que todo espíritu de legalismo en la Iglesia motiva la pérdida de la gloriosa posibilidad de la “adopción”, pues los miembros de la “casa” se portan como esclavos, bajo la amenaza constante del “Harás” o del “No harás”, de la Ley, en vez de conformarse a la voluntad del Padre por el amor que produce el Espíritu.
En el pasaje análogo de (Ga 4:1-11) Pablo presenta el mismo tema —y el mismo peligro— desde el punto de vista histórico, notando que la adopción de hijos liberta al creyente de la mentalidad y condición de esclavo ya que “Dios envió a su Hijo” para redimir a los hombres y llamarles a la adopción de la casa de Dios, procediendo a “enviar al Espíritu de su Hijo”, quien clama “Abba, Padre” en nuestros corazones.
Es una obra de gracia, en la que Dios toma la iniciativa y termina la obra.
Nuestra porción no indica el desarrollo histórico de la obra, como en Gálatas, sino que describe sus resultados.
Los esclavos están allí, en su esfera de la “casa”, pero los hijos adoptivos no han de colocarse entre ellos con miedo y temblor.
Su espíritu es el de adopción, y habiendo sido colocados como hijos a la mesa del Padre, participando ya en sus consejos, han de portarse y obrar conforme al espíritu y condición de su nuevo estado.
El clamor de “Abba, Padre”.
Tanto en (Ga 4:6) como en el versículo 15, aquí “clamar” traduce “krazo”, que es “clamar con voz en grito, o con urgencia”.
En Gálatas es el mismo Espíritu de Cristo quien levanta el clamor de reconocimiento, y en Romanos somos “nosotros” los que clamamos, o sea, los redimidos que hemos recibido el espíritu de adopción. De hecho, es el Espíritu de Cristo el que vivifica nuestro espíritu, con el cual obra conjuntamente (Ro 8:16), de modo que las dos expresiones vienen a ser igual en la experiencia, subrayando ambas el control del Espíritu en la vida del creyente, si es que éste se somete a sus impulsos para disfrutar luego de su gloriosa plenitud.
Mucho se ha escrito sobre el uso del término “Abba”, seguido por su traducción en griego, “Padre”.
Es expresión corriente que usan los niños hebreos de ayer y hoy, y aun admitiendo connotaciones familiares, no hemos de pensar en infantilismos.
El Señor enseñó a los suyos que Dios era el Padre, el “Abba” de la nueva familia espiritual, y como Pablo era judío es natural que llevase metido en el corazón el amado apelativo arameo y que brotase espontáneamente de sus labios al meditar en la paternidad de Dios frente a sus hijos adoptivos.
Es igualmente natural la traducción “Padre” (“ho pater”) al escribir en griego.
En castellano, “Papá” da el sentido bastante bien, a condición de que no se añadan diminutivos o distorsiones impropios de la dignidad del solemne tema.
La “casa” se agranda hasta lo infinito, pero el Dios de la gloria se presenta como Padre rodeado de hijos que han salido de la vileza del pecado y la servidumbre de la Ley para reconocerle como tal. Sólo el “Espíritu del Hijo”, obrando poderosamente en nuestro espíritu, puede llevarnos a la gozosa convicción de que el Dios de la gloria es nuestro Padre; que en Cristo somos para Dios —en la medida de lo posible, tratándose de Dios y de los hombres — lo que su Hijo es para él (Jn 17:23).
Y el reconocimiento de tan sublime hecho brota de nuestros corazones sumisos, amantes y agradecidos como un clamor: “¡Abba! ¡Padre mío!”.
Se ha dicho que Juan Wesley, en su conversión;
“cambio la fe de un siervo por la fe de un hijo”,
y a nosotros nos corresponde la meditación tranquila en este hecho revelado —sublime maravilla de la gracia de Dios— con el fin de que adoremos y sirvamos movidos por la profunda convicción de que Dios es nuestro Padre en Cristo Jesús.
Es un hecho que él se deleita en escuchar hasta los balbuceos de sus hijos.
El testimonio interno del Espíritu (Ro 8:16).
El hecho de nuestra adopción es obra de Dios, suprema manifestación de su gracia en su favor para con nosotros.
La base, como siempre, es la Obra expiatoria y redentora de la Cruz y el Agente interno es el Espíritu Santo. Ahora bien, el texto que tenemos delante no sólo vuelve a recalcar el hecho, sino que subraya su reconocimiento. Somos hijos de Dios (1 Jn 3:1-2) y además el Espíritu da testimonio conjuntamente con nuestro espíritu redimido para convencernos de que lo somos, y por eso reconocemos al Padre y levantamos el gozoso clamor de reconocimiento:
“¡Abba! ¡El Padre!”.
No perdamos de vista que el Espíritu Santo es también el Espíritu del Hijo, de modo que inunda nuestro corazón sumiso de esta comprensión de la paternidad de Dios —tratándose de quienes están en Cristo, el Hijo eterno— despertando a la vez en nosotros el espíritu filial.
El versículo 16 es importante también por el profundo significado del verbo “summartureo”, equivalente a “testificar juntamente con” nuestro espíritu.
El principio ilustrado aquí abarca mucho más que el reconocimiento filial del hijo adoptivo, pues hemos de suponer el mismo procedimiento en cuanto a toda la operación del Espíritu Santo, Espíritu filial, Espíritu de Resurrección, dentro del creyente.
Habita el cuerpo, convirtiéndolo en templo (1 Co 6:19), pero obra conjuntamente con el espíritu redimido del hijo de Dios. Poco sabemos de estos misterios espirituales, pero este texto echa luz sobre toda operación subjetiva del Espíritu al capacitar al creyente para su testimonio y servicio en este mundo.
Obra conjuntamente con nuestro espíritu, y esta colaboración provee el enlace entre el ser humano redimido y la potencia del Trino Dios.
El hombre “lleno del Espíritu” será aquel que se pone a la disposición del Espíritu Santo, en cuyo caso será muy difícil —y completamente innecesario— distinguir entre el espíritu humano y el Espíritu divino que obra conjuntamente con él.
No hemos de esperar fenómenos raros cuando funcionan conjuntamente el Espíritu de Dios y el del creyente sumiso, sino más bien poderosos efectos internos —como éste de despertar el espíritu filial— que se manifiestan luego por el fruto del Espíritu (Ga 5:22-23) y por una presentación poderosa de la Palabra de la Cruz (1 Co 2:4-5).
La herencia de los hijos (Ro 8:17).
(Véanse notas sobre Romanos 5:13-18). El Hijo Eterno es Heredero por las mismas condiciones de su ser. Cuando el autor de Hebreos escribe:
“Dios nos habló en su Hijo,
a quien constituyó heredero de todas las cosas
y por quien asimismo hizo el universo”
(He 1:2),
hemos de comprender que hace referencia al Hijo-mesías, el Agente de la Deidad para todos los aspectos de la obra, tanto de la primera creación como de la segunda (Col 1:16-20).
En vista de la obra realizada, Dios señala al Hijo-mesías como heredero de todas las cosas.
¿Cuál es la herencia del Hijo?
No nos es posible contestar la pregunta en unas breves palabras, pues las promesas que se relacionan con la herencia son numerosas y muy complejas.
Si pensamos en todo el fruto de la obra redentora, tanto en la tierra como en los cielos, podemos decir:
“¡Allí está la herencia!”.
Si Cristo se aclama como Heredero universal, es obvio que los creyentes sólo llegamos a ser herederos a través de nuestra relación con él, y ya en el capítulo cuatro Pablo probó que tal relación no se consigue por las obras de la Ley sino por la sumisión de la fe.
Algo de la herencia se nos anticipa ahora, pues al señalar Dios una herencia para sí en los suyos que redimió les entregó a ellos el Espíritu Santo, esencia y anticipo de todo lo demás (Ef 1:13-14).
Dios es mayor que todas sus obras, y, como el Padre de la nueva familia espiritual nos entrega no sólo el Don inefable de su Hijo, sino también las primicias del Espíritu Santo, Dios en nosotros.
Coherederos con Cristo (Ro 8:17).
El versículo 17 señala y hace un recuento de los eslabones que enlazan al creyente con su herencia futura: “y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”.
Se recogen aquí dos hilos, combinándolos en una sola verdad consoladora.
Pablo ha demostrado la relación espiritual del creyente con Dios, y este hecho lleva en sí la promesa de la herencia, vinculada con la relación filial.
Ahora bien, Cristo ha sido declarado Heredero universal por los derechos inherentes en su persona y confirmados por su obra redentora.
No existe contradicción, sin embargo, en que Pablo ve al creyente “en Cristo”, de modo que se confirma la herencia filial, presentándose como un acto de gracia del Heredero, quien nos asocia consigo mismo por el impulso de su amor, gozándose en tener “hijos”, “hermanos” o “esposa” ( todas las metáforas son válidas) con quienes podrá compartir riquezas que él mismo ha procurado.
Los padecimientos y la gloria (Ro 8:17).
El último movimiento del versículo 17 combina los temas de la herencia, de los sufrimientos que participamos con Cristo, y de la gloria futura que tendremos con él. Recordemos que la frase “si es que” no pone en duda el hecho, sino señala sus consecuencias:
“Puesto que es así que padecemos juntamente con Él,
juntamente con Él seremos glorificados”.
Tanto la herencia como la gloria surgen de nuestra unión de fe con el Heredero glorificado después de su victoria. Todo ello es inconmovible, pero Pablo —como el Maestro en (Jn 15:18-25), por ejemplo—, ve que los sufrimientos con Cristo constituyen una parte inevitable e inalienable de la profesión cristiana, pues no puede ser que él haya sufrido, siendo rechazado por el mundo, mientras que los discípulos asociados con él sean alabados por el mismo mundo que le odió a él sin causa.
Bien, dice Pablo, nuestro íntimo enlace con Cristo y la consiguiente relación filial con Dios no pueden por menos que envenenar nuestras relaciones con el mundo, que es sistema que Satanás ha elaborado, aprovechando la rebeldía de los hombres; pero eso no debiera preocuparnos, pues las mismas relaciones garantizan la gloria futura que es de Cristo y que será la nuestra porque estamos unidos con él y seremos manifestados juntamente con él.
Estas consideraciones llevan a Pablo a la consideración de la perspectiva total de la carrera cristiana en sus variados aspectos.
Su principio se halla en la voluntad y la vocación de Dios que garantiza una nueva raza de hijos recreados a la semejanza del Hijo.
Por el momento nos hallamos no sólo en el mundo que rechazó a Cristo, sino también en la esfera de la naturaleza que sufre los efectos de la Caída, y tanto la rotura de nuestras relaciones con el mundo enemigo como la persistencia de otras con la naturaleza, producen efectos penosos.
Pero el dolor será breve, porque aun la naturaleza será librada cuando Dios manifieste su gran familia de “hijos” unidos con el Hijo Heredero.
Pablo presenta aquí una verdadera filosofía cristiana —que nadie se asuste por este término—, ya que examina el pasado, el presente y el futuro, analizando el por qué de las condiciones actuales a la luz de las Escrituras ya dadas, iluminándolas también por medio de la revelación que él mismo había recibido del Señor.
Los versículos que siguen resultan complicados y difíciles si se leen superficialmente.
Iluminados por el Espíritu, ante la vista de un creyente inteligente, deseoso de comprender los caminos de Dios, cobran subido interés y quedamos asombrados ante el desarrollo de los vastos planes de la sabiduría de Dios, plasmados en la Persona y Obra de Cristo.
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